Vestirse de luz
Como dice Gardel en el tango “Volver”: siempre se vuelve al primer amor. En mi caso, vuelvo a la luz, para que, junto con la sombra, me hagan el amor y seamos felices para siempre.
La relación entre la luz, la sombra y yo comenzó hace muchos años. Más de los que quisiera recordar.
Fue amor a primera vista. La luz me sedujo con su magia. Pero al poco tiempo de iniciada nuestra relación, descubrí que no éramos una pareja, sino un trío, puesto que la luz venía con una acompañante: la sombra. Ellas dos estaban siempre juntas, incluso dependían una de otra. A veces, no se mezclaban; una terminaba donde empezaba la otra. Pero otras veces lograban fusionarse y formar hermosos degradados.

No hizo falta que pasara mucho tiempo para que nos volviéramos inseparables. Aprendimos a funcionar juntas, a complementarnos. Hacíamos arte entre las tres. A veces, sólo dejaba que la luz y la sombra rodearan mi cuerpo, que le dieran volumen y revelaran sus texturas e imperfecciones. En esas ocasiones, el éxtasis me transportaba a experiencias orgásmicas, tan intensas que parecían alucinaciones.
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